17 de diciembre de 2011

Homeland




En una época tan prolífica para la ficción televisiva, parece mentira que el suceso más importante de la última década, que marcó el comienzo del siglo XXI y cambió nuestra forma de ver el mundo para siempre, no esté tratado como se merece por una serie de televisión. Por supuesto estoy hablando de lo que podríamos catalogar como el género “post 11-S”, cómo el ataque a las Torres Gemelas puso en guerra al mundo Occidental contra el terrorismo islámico. El apartado bélico del conflicto está cubierto de sobra por series como Generation Kill (HBO), Over There (Fx) o constantes referencias y episodios dedicados al tema en diversas series (se me viene a la mente The Good Wife). Pero los exponentes centrados en la amenaza terrorista en suelo americano y el juego de espionaje se pueden contar con una mano[1]. Llegado a este punto no puedo dejar de mencionar 24, la pionera del género (tan pionera que se estrenó un mes después de que cayeran las Torres), un thriller de acción trepidante gracias a su formato de tiempo real y sus constantes giros argumentales para mantener la intriga. Pero más que una respuesta, las aventuras de Jack Bauer eran una muestra de por qué los terroristas odian a los Estados Unidos, de cómo el “vale todo porque amo a mi país” no solo no resuelve el problema sino que lo empeora. Eso sumado a un héroe inmortal mitad John McClane mitad Chuck Norris y una facilidad para la exageración y el cliffhanger “de mear y no echar gota”, te lo ponían muy difícil para tomártela en serio.

Y justo ahí es donde Homeland llega, ve y vence. Adaptada de una serie israelí por Alex Gansa y Howard Gordon (productores y guionistas de 24), se desmarca rápidamente de ser 24 protagonizada por una Chloe O’Brian [2] de buen ver, para parecerse más a una Rubicon [3] de sangre caliente. Homeland comienza con una agente de la CIA, Carrie Mathison (Claire Danes), recibiendo información de que un prisionero de guerra americano fue convertido por una organización terrorista que planea un ataque sobre suelo americano. Meses después, Nick Brody (Damian Lewis), un marine estadounidense que llevaba 8 años desaparecido es rescatado de una prisión en Iraq y llega a Estados Unidos como un héroe de guerra. A partir de ahí comienza un juego del gato y el ratón que no tarda en ponerse muy interesante gracias a un excelente y cuidadoso manejo de la ambigüedad de los protagonistas: ¿Es Brody un terrorista o simplemente está sufriendo las consecuencias de haber sido prisionero durante tanto tiempo? ¿Es Carrie una analista de inteligencia brillante o su bipolaridad la hace obsesionarse?

Además de contar una historia interesante y de tener un desarrollo perfectamente planificado, el gran acierto de Homeland es la gran profundidad y atractivo de sus protagonistas. De Damian Lewis sabes que puedes esperar una actuación sólida, pero si le das un papel hecho a medida (su personaje podría ser una mezcla del Winters de Band of Brothers y el Crews de Life), obtienes un Brody brillante, por momentos perturbado e impenetrable, por momentos cálido y amable, pero siempre con una mirada que no te dice nada pero te lo dice todo. Si el trabajo de Lewis ya es notable, lo de Claire Danes es directamente espectacular [4]. Su Carrie Mathison pasa de la genialidad incomprendida a la paranoia, pasando por la profunda soledad, con una facilidad impresionante (ver el episodio 11 para entender por qué se merece una estatua de oro en su honor). Si por separado funcionan de maravilla, cuando el guión cruza a ambos protagonistas saltan auténticas chispas (no me meto en este tema para evitar spoilers). Los personajes secundarios completan un reparto muy sólido: el mítico Mandy Patinkin sienta cátedra de sutileza, Morena Baccarin interpreta a una convincente esposa y la hija de Brody es mucho más que una adolescente problemática (me acuerdo de Kim Bauer y el puma y todavía me río).

Lo que para mí hace a Homeland una gran serie es el cuidadoso y bien documentado tratamiento de un tema tan delicado como el terrorismo islámico en Estados Unidos. Dejando pasar la “fantasía” del planteamiento inicial, Homeland se desarrolla de manera realista y rompiendo esquemas del género: no hay agentes de campo inmortales, los informáticos no hacen magia tecleando 10 comandos por segundo, se muestra como la compleja organización de las agencias de gobierno a veces es perjudicial para la investigación... También es importante mencionar el punto de vista neutral de la serie, ambos lados de la historia reciben la misma importancia y los guionistas superan la difícil prueba de justificar, aunque sea parcialmente, la posición de los terroristas. Se agradece que no haya rastro del patriotismo recalcitrante (me pareció un gran guiño que la primera bandera americana que se ve sea la que usan los terroristas para comunicarse en clave) ni del “vale todo porque estamos con prisas” (ver el episodio dedicado a Saul ganándose la confianza del sospechoso).

Para ir terminando, no me queda más que decir que, además de ser el mejor estreno de lo que llevamos de temporada, Homeland narra una historia que se hacía necesaria en los tiempos que corren, con una visión moderada, reflexiva y moderna. Poco se le puede reprochar, si acaso que sea un poco más uniforme con el punto de vista que se le muestra al espectador para evitar revelaciones “tramposas” [5] y puestos a pedir, que no se alargue eternamente. Pero faltando solo por ver el final de temporada, lo que me ha hecho disfrutar esta serie no tiene nombre y por ello la aplaudo. Imprescindible y un gran paso adelante para la cadena Showtime.

[1] Mención especial para Sleeper Cell, también de Showtime, que pasó bastante desapercibida pero narraba una historia entretenida sobre un agente de gobierno infiltrado en una organización terrorista. Nada del otro mundo, pero el más claro precedente en televisión.

[2] Chloe O’Brian es la analista interpretada por Mary Lynn Rajskub en 24, famosa por ser brillante y antisocial a partes iguales y la mejor ayudante de Jack Bauer.

[3] Rubicon, una de esas series cuya cancelación fue justa e injusta a la vez. Era muy buena pero no la veía ni el presidente de AMC. Los que la hayan visto encontrarán muchas similitudes en Homeland, como la línea de tiempo del episodio 11.

[4] Sus pucheritos son debilidad de Alex.

[5] Lo que también se conoce en ciertos círculos como “hacer un Veena Sud”.

14 de diciembre de 2011

The Charlie Brooker's Zone


Les presento a Charlie Brooker. Puede que ustedes ya le conozcan por ser el creador y guionista de Dead Set (E4, 2008), por sus libros o por su columna semanal en la sección de televisión de The Guardian. Si no es así, lo más importante que tienen que saber del bueno de Charlie es que se caracteriza por hacer gala de un humor muy salvaje aliñado con una visión muy pesimista, y en muchas ocasiones surrealista, de todo lo que le rodea. Eso y que tiene nueva serie en Channel 4, Black Mirror.

Todos los episodios de Black Mirror [1] se componen de historias autoconclusivas e independientes entre sí con un solo nexo en común. Todas ellas tratan, sin genero definido y con un grupo de actores diferentes, sobre las implicaciones e influencia de las nuevas tecnologías, su impacto y sus posibles usos en las sociedades modernas. Como si una The Twilight Zone moderna e inglesa se tratara, Black Mirror consigue lo que la serie de Rod Serling consiguiera a principios de los sesenta. The Twilight Zone lograba gracias a la ciencia ficción poder exponer temas tabús para la sociedad norteamericana del momento que de otra forma más convencional serían censurados. Black Mirror recoge el testigo con las mismas intenciones y logra que cada semana el espectador sea testigo de una historia impactante tratada como nunca antes, elevando los límites del discurso televisivo y ofreciendo una experiencia nueva e irrepetible en cada episodio.

En The National Anthem, el primer episodio de la serie, se teoriza sobre como los avances de la tecnología afectan a todos los estamentos de la sociedad (desde la clase política al ciudadano de calle, pasando por los grandes medios informativos) y como estos favorecen,  poco a poco, a la deshumanización de las personas. Todo ello con muy mala baba y un humor negrísimo, siendo el episodio que en un universo perfecto Alan Moore hubiera escrito para The Thick of It. 15 Million Merits, por su parte, se mete en el terreno de la ciencia ficción más distópica para reflexionar sobre las relaciones humanas en una sociedad altamente tecnificada y totalitaria en la que se ha elevado hasta el ridículo el concepto de la vida online. Vamos, la novela que Orwell hubiera escrito si hubiera nacido cincuenta años después.

Del tercer y último episodio, The Entire Story of You, solo conocemos la sinopsis. ¿Qué pasaría si lleváramos el concepto de almacenamiento sobre nuestra vidas en las redes sociales hasta el extremo? No sé ustedes, pero yo estoy deseando saberlo.

[1] Tres en total, con dos emitidos a la fecha de escribir este artículo, The National Anthem y 15 Million Merits.