23 de enero de 2017

Una serie de catastróficas desdichas: Un buen principio

El legado de Una serie de catastróficas desdichas es, desde luego, mucho más agradable que la historia que cuenta. Desde que en 1999 Daniel Handler editará por primera vez Un mal principio la saga no ha parado de crecer y convertirse en uno de los mayores exponentes de la literatura juvenil moderna. El secreto de su éxito se basa en diferenciarse bastante del resto de propuestas coetáneas, más cercanas a repetir y estirar el fenómeno de Harry Potter, y proponer al lector un mundo a medio camino entre la parodia y el homenaje a la literatura gótica, el humor negro y las situaciones absurdas que se centra en las desventuras de tres brillantes hermanos que, tras quedarse huérfanos tras un misterioso incendio, se ven obligados a acabar en las manos de un desconocido pariente que hará todo lo posible para robarles su fortuna. Esta nueva adaptación por manos de Netflix es su primera gran baza de este 2017 y para ello ha puesto toda la carne en el asador apostando por un trío de garantías en el que apoyar el proyecto. El propio Handler, Barry Sonnenfeld como director principal y Neil Patrick Harris como cabeza de cartel.

Barry Sonnenfeld, que estuvo vinculado desde el principio en la anterior adaptación pero que acabó dejando el proyecto, es el director perfecto para adaptar visualmente el mundo de Lemony Snicket. Combina a la perfección el estilo colorista que ya utilizó en Pushing Daisies con uno más gótico y feísta muy deudor de su trabajo en La Familia Addams. Una mezcla totalmente equilibrada que casa perfectamente con las dos vertientes de la historia; la más infantil, optimista y aventurera y la más agorera y peligrosa representada por muchos de sus adultos. Y con el propio Handler encargándose de la traslación del texto (él mismo firma cinco de los ocho guiones), se debe reconocer que a Una serie de... es la adaptación más fiel posible. O al menos la más deseada por su autor.

Pero precisamente de esa fidelidad viene el principal problema que tiene la serie a nivel narrativo. La constante repetición de esquemas característica de la historia funciona mucho mejor en papel que aquí. Porque en un formato serializado, y tan planificado para ser devorado en maratón como los Originales de Netflix, deja la sensación de estar siempre viendo lo mismo demasiado pronto (y demasiadas veces). Y es que no deja de ser curioso que muchas series de Netflix caigan en esta contradicción; posiblemente estos proyectos nunca se hubieran realizado en otra plataforma pero, precisamente por estrenarse en exclusiva en un servicio de vídeo por demanda, acaban sufriendo de problemas de ritmo en el conjunto de sus temporadas que una emisión más tradicional o de mini serie podrían solucionar [1].


El tercer gran valedor del proyecto, y principal reclamo, es Neil Patrick Harris como el villano de la obra, el Conde Olaf. Un personaje que se divide entre lo bufonesco y lo horrible al que Harris parece más interesado en poner más hincapié en lo segundo que a lo primero. En esta constricción puede que se pierda algo del histrionismo de la versión anterior del personaje realizada por Jim Carrey, pero el resultado funciona por una simple razón. Teniendo siempre en cuenta el carácter caricaturesco de su crítica, acentuar la maldad de Olaf y su troupe en contraposición al resto de adultos (bienintencionados pero casi igual de dañinos por inútiles) consigue potenciar el mensaje pesimista del relato, así como la sensación de peligro constante que acecha a los hermanos Baudelaire.

Aunque en ese sentido el trabajo de Harris queda en un segundo plano a favor de la figura de Patrick Warburton como Lemony Snicket, el alter ego de Handler que sirve a la vez como narrador omnisciente y personaje capital dentro de la historia. La decisión de trasladar la narración de Snicket a la voz y cuerpo de Warburton, que aparece y desaparece físicamente de plano como un elemento independiente, es capital para contrarrestar los problemas de ritmo derivados de la repetición de esquemas de la que hablábamos antes. Su intervenciones no solo rompen cierta monotonía, si no que aportan los mejores ejemplos del estilo refinado de Harris, sobre todo su humor seco y referencial tan deudor de la obra de Roald Dahl.

El reparto infantil está más que correcto y tanto Malina Weissman como Louis Hynes convencen en sus papeles. Y eso es más que meritorio teniendo en cuenta que parece que hay un empeño real en empequeñecer su protagonismo en cada escena que comparten con Harris. Y es una pena, porque el ancla de la historia les pertenece a ellos y al positivismo de sus acciones ante tanta mala decisión y catastrófica desdicha [2]. En definitiva, y para ir acabando, pese a sus problemas de ritmo y repetición la propuesta de Una serie de... acaba siendo muy positiva gracias a un estilo característico que ha sido trasladado a la pantalla solventemente y que encuentra en su estética, sobre todas las cosas, su mayor punto de diferenciación.

[1] Es el caso de la series Marvel, por ejemplo, con Jessica Jones y Luke Cage a la cabeza.

[2] Hey! That`s the name of the show!.