6 de septiembre de 2009

Party Down

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Imaginate, ávido lector, que estas en medio de un sueño en el que tú eres un corredor de 100 metros lisos en la final de unos Mundiales de atletismo. Eres el mejor, todos los ojos están puestos en tí y todos tus seres queridos están en la grada para apollarte. El resto de competidores te temen y respetan a partes iguales. Estas en la cima de tu carrera, una cima que debes coronar con un oro.

Te agachas, te preparas y esperas al sonido de la pistola. No puedes esperar y haces una salida nula. No pasa nada, los nervios te han corrido una mala pasada, le ocurre a cualquiera, también a los grandes deportistas como tú. Te vuelves a agachar, te preparas y esperas, ahora, el sonido de la pistola. Lo escuchas, y sales como un rayo.

Esos casi diez segundos se hacen eternos. Desde un principio estás en cabeza, y a cada zancada tuya le sacas más y más ventaja al segundo. La gente corea tú nombre, todos los focos están puestos en tí. Lo sabes, lo notas y sabes que vas a ganar. Y en los 10 últimos metros te permites hacer una mueca al público, para redondear esta gran actuación, para ser más mediatico aún, para aparecer en todas las portadas.

Entonces sin saber como y a consecuencia de esa mueca furtiva con el público pierdes la concentración y caes al suelo. Destrozado ves como todos tus perseguidores te pasan e impotente empiezas a llorar. Mientras que medio mundo calla sorprendido de tu fracaso, el otro medio te señala con el dedo y ríe. Te sientes impotente, no sabes donde meterte y encima la culpa es todo tuya.

Pero resulta que nada de lo anterior era un sueño, si no la pura realidad. En un abrir y cerrar de ojos te has convertido en un paria, y lo único que piensas es en desaparecer del estadio y dejar de pasar esa vergüenza, esa incomodidad.

¿Lo tienes, ávido lector? Pues esa vergüenza ajena, esa incomodidad es lo que intenta generar Party Down en cada una de sus escenas y situaciones. Y vaya si lo consigue, porque por mucho que nos cueste admitir, la incomodidad y desgracia ajena nos hace reír (hablando de ficción, claro está).

Apostar por este tipo de humor tiene sus riesgos, que en un principio se ponen en contra de la propia serie. La toma de contacto, su piloto, no pasa de un aprobado raspado. Porque toda esa incomodidad, de primeras, se hace muy difícil de digerir y no deja ver el resto de las virtudes de la serie. Servidor, que vió ese piloto en la fecha de su estreno, quedó muy desánimado y hasta que no he empezado a leer recomendaciones al terminar su temporada no se ha decidido a retomar la serie.

Pero una vez que sabes a que tipo de humor al que enfrentas, la serie es una pequeña delicia. No pretende la carcajada o el chiste fácil, si no la sutileza. Sutileza incómoda, pero sutileza. Y aunque la gran parte del mérito de que esto sea así lo consiguen los actores, hay que admirar el trabajo individual tanto de Martin Starr (el Bill Haverchuk de una de las adoradas de este humilde blog, Freaks an Geeks) y, sobre todo, una Jane Lynch que hace de la habilidad de la sonrisa incómoda, todo un arte.

Así que si buscáis una comedia diferente al resto, y nada o casi nada os produce vergüenza ajena, Party Down puede ser la elegida. Pero darla tiempo y juzgarla tras ver dos o tres episodios porque tiene mucho más de lo que muestra al principio. Y si eso nos vale, en su último episodio sale Kristen Bell y seguro que a ella no la podéis decir que no.