1 de noviembre de 2009

Friday Night Lights, las luces de Dillon

FNL_cast

Si hace unos años le hubiera preguntado a los que saben de televisión si creían que Friday Night Lights llegaría a estrenar una cuarta temporada, posiblemente se hubieran echado a reír en mi cara. Y razones no les hubiera faltado, oye, porque a unas audiencias pobres se le sumó una segunda temporada bastante inferior que no supo ser fiel a la forma de hacer que la elevó a las alturas. Pero, en una analogía que va muy de la mano al espíritu de la serie, los responsables fueron conscientes de sus errores, empezaron casi de nuevo y volvieron casi milagroasamente para volver a posicionar a la serie entre los campeones. Pura epica, ya saben, Clear Eyes, Full Hearts, Can´t Lose!

Y en esas nos encontramos en la actualidad con una cuarta temporada (¿la penúltima?) que mantiene todo lo que se debe pedir a la serie y continúa cimentandóse en los mismos pilares. Estos son, claro está, el matrimonio Taylor. Se han ido, y se irán, muchos de los personajes que nos han acompañado durante estos últimos años pero, al contrario con lo que pasaría en la gran mayoría de producciones, la calidad general no se ve afectada para nada. Porque ahí están los Taylor.

Pero aparte del consavido peso que tiene en la calidad final del producto las actuaciones de Kyle Chandler y Connie Britton, la serie teen, que no es tan teen, es tan especial por lo honesto de su propuesta. Porque en sus historias afronta las dificultades y problemas pero no siempre los soluciona correctamente, como nos ocurre a todos en la cruda realidad. Pero si utiliza todas esas dificultades para construir el carácter y la epica de unos personajes que, irremediablemente, generan unas sensaciones al espectador como pocos hacen.

Y es que, por encima de todo, la serie es emoción a flor de piel. Es un pase fallado por Matt Saracen, es el grito de una afición. Es el orgullo de todo un pueblo y la presión de los elegidos para la gloria. Es la resaca de Tim Riggins y una carrera de 40 yardas de Smash. Es el poder de un matrimonio y las ganas de mostrar lo mejor de cada uno. Es esperar toda la semana para animar a los Lions y olvidarte de los Phanters. Es el olor a césped mojado y el calor de las luces encendidas. Es, ni más ni menos, Friday Night Lights.