29 de noviembre de 2009

La mejor forma de no hacer un capitulo de reunión

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Si me permiten, dejemos claros unos cuantos puntos antes de ponerme a analizar la séptima (y hasta nuevas noticias, última) temporada de Curb Your Enthusiasm:

- El Larry David ficticio no es el Larry David real. Y esta afirmación, que puede parecer de perogrullo, es necesaria para diferenciar la persona, con sus vicios, quejas y particular forma de analizar las convicciones sociales, y el personaje, el alter ego ideal para decir y contar todo aquello que la persona no puede decir ni contar en el Mundo Real (marca registrada).

- Los episodios de reunión de una serie apestan. Y apestan porque en el noventa por ciento de los casos son innecesarios, mal planeados y sú unico activo es el de apelar a la nostalgia del espectador.

Seinfeld es historia de la televisión. Independientemente de que guste o no. Y como ese debate se remonta desde hace años, y ha quedado demostrado que es bastante inútil, no voy a entrar en el. Basta decir que yo pertenezco a ese cincuenta por ciento de la población que cree que se merece estar en el Olimpo de las sitcoms.


Bien, ahora que he dejado claro los puntos anteriores vamos al turrón. La séptima temporada de Curb Your Enthusiasm es la guinda perfecta para cerrar la andadura de esta serie y la mejor forma de cerrar el círculo de los vicios y fobias de Larry David.

En la vida irreal en la que se engloba el universo de Curb Your Enthusiasm, Larry David es la cara invisible del éxito. Tal como Jerry Seinfeld le esputa en el último episodio, él, Julia Louis-Dreyfus, Michael Richards y Jason Alexander son íconos de la televisión, pero Larry David, la mitad del talento responsable de todo ello no. En la vida real, esa que existe fuera de Internet, la cosa cambia porque en vez de vivir una vida de retiro y vivir de las altas rentas conseguidas, Larry David se plantó en las oficinas de la HBO y terminó por cambiar la comedia televisiva, adelantandóse un año a otro que tiene bastante responsabilidad en esta revolución, Ricky Gervais (The Office UK, 2001).

En estas que esta temporada de la serie ha estado organizada y planeada para llegar al punto algido de los últimos episodios. La reunión del cast de Seinfeld para un ficticio episodio final. Y en esa continua mezcla de realidad y ficción, ese recurrente chiste de la serie que siempre deja dos lecturas de lo que pasa en la pantalla, se ha producido la mejor reunión de un casting de éxito que servidor, aún joven, haya tenido el placer de ver.

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Porque el problema de estas reuniones, como he dicho al principio, es que suelen ser innecesarias. Y seguro que Larry David es el primero en pensar algo así. Pero cuando tu personaje es un aburrido egoísta que vive de las rentas de una serie de éxito, las cosas van cambiando. Porque el David ficticio es capaz de arrastrarse, mentir y traer a la vuelta Seinfeld por un capricho personal. Vamos, que en este caso es el Larry David ficticio el que más se acera a la realidad de un productor de Hollywood.

Así pues, la ecuación deja clara una única respuesta clara. La mejor forma de hacer un episodio de reunión es no haciendo un episodio de reunión. Porque aunque la reunión de Seinfeld ha sido fictica, ha ocurrido. Y no solo ha ocurrido si no que los espectadores hemos sidos testigos del trabajo ficticio para conseguirlo. No hemos visto el salón de Jerry, si no el escenario que lo recrea. Hemos visto lecturas de guiones, pruebas de casting y hasta tomas falsas. Pero todo es ficticio, irreal. El gran chiste de Curb Your Enthusiasm.

Y como solía hacer en las mejores temporadas de Seinfeld, Larry nos regala infinidad de guiños a la historia de las dos series y, de paso, se ríe de la vida en general convirtiendo la esperpéntica actuación de Michael Richards en un metachiste sin parangón. Y sí, ya se que al principio hablaba de lo fea que es la nostalgia y de como la utilizan vilmente hacia nosotros. Pero es que es como una buena droga. Mala pero realmente placentera.

No se sabe si alguna vez volvermos a ver al judío pelón interpretandóse a sí mismo, pero por si acaso, se ha garantizado un final de lujo para su serie. Personalmente, admiro a quién sabe retirarse a tiempo, en lo más alto y solo me queda esperar al día en que a Larry David se le vuelva a encender la bombillita y nos regale la próxima obra maestra del humor.