10 de febrero de 2011

Friday Night Lights: La Despedida Definitiva

[Este artículo se engloba en una serie especial que intenta desgranar y analizar las claves de Friday Night Lights, en la que es la última semana antes de que finalice definitivamente].


Tenía claro de qué iba a tratar mi entrada de despedida a FNL cuando vi una escena en particular del penúltimo episodio: para mí, el giro argumental más impactante de la serie. Cuando Tami le propone a Eric considerar la oferta de trabajo que le hicieron en Philadelphia, lo que implicaría obviamente abandonar Texas, el Coach, nuestro Coach, dice que no rotundamente. Esa escena en particular me destrozó por dentro y a la vez me dio mucho que pensar: estamos hablando de una serie que se guardó hasta el último episodio el mayor defecto de su protagonista, un cliffhanger emocional que pone en peligro la estabilidad del matrimonio más maravilloso que jamás vio la televisión.

La construcción y el desarrollo de personajes siempre fue el fuerte de Friday Night Lights: a lo largo de sus temporadas vimos a Riggins pasar de malote del pueblo a un hombre de honor, a Smash Williams aprender el valor de la humildad y a Matt Saracen pasar de ser un don nadie al líder de un equipo ganador. Y por supuesto no me olvido de la madurez inversa de Julie Taylor, de la "deschonificación" de Tyra o de la época dorada de Landry. Pero lo que más me gusta de cómo FNL trata a sus personajes es la forma en que se despide de ellos. Estos momentos a mí siempre me parecieron perfectos, no solo por la emoción que transmiten sino también por cómo están integrados en la historia y como recuperan momentos de la memoria de los personajes y de los espectadores. Esta última temporada, a falta de ver el episodio final, tuvo 3 momentos en particular que realmente me llegaron al corazón:
  1. Cuando Buddy y Tim están en el bar y en la tele se escucha al comentarista nombrar a Smash Williams, los dos se giran y sucede la magia: inmediatamente recordamos (ellos y nosotros) a los Dillon Panthers campeones de Texas y nos alegramos de que un buen tipo como Smash esté triunfando en un equipo modesto.
  2. Cuando Tim, recién salido de la cárcel y más solo que nunca se plantea irse a vivir a Alaska, los guionistas nos llevan de vuelta a las raíces del personaje: lo reúnen con Tyra (imaginábamos que le iba bien, pero se agradece la confirmación), lo llevan a su terreno, su pequeño trocito de sueño americano, y Tyra le dice: "Alaska, Tim. Really?". Como diciendo: recuerda que tu eres el que dijo Texas forever en la primera temporada. Un cruce de miradas y todos sabemos lo que va a pasar.
  3. Para el final me dejo una de las escenas más conmovedoras de la serie. Cuántas veces vimos a Matt abrazar a su abuela y pensamos: "Este momento es insuperable". Pues me enorgullece decirles que lo volvieron a hacer. Nunca una escena tan repetida generó cada vez más emociones en los espectadores. No hacía falta volver a ver a Matt, su historia estaba perfectamente concluída, pero su regreso a casa es un regalo más de los guionistas a los espectadores.
Tampoco me olvido de los Lions: el alzamiento, la caída y el resurgir de Vince Howard, la lucha de Jesse por convertirse en entrenadora, el coqueteo de Becky con el dinero fácil y las enseñanzas de Riggins a Luke fueron historias sólidas, creíbles y que no cobraron mayor emoción simplemente por falta de tiempo. Los guionistas demostraron con esta segunda generación que tenían material para continuar durante años sin perder un ápice de la esencia y la calidad iniciales de la serie.

Con todas estas razones, y con el Memorial de Explosions in the Sky sonando de fondo, me despido de esta serie pensando que no me importa la final estatal de los Lions, que lo único que me interesa del final de esta serie es la despedida de sus dos pilares, que sin lugar a dudas será maravillosa y probablemente me haga llorar (aunque sea por dentro, que uno tiene una reputación que mantener). Tengan muy claro que esta serie es un hito en la televisión en abierto estadounidense, un drama sin igual, magistral se lo mire por donde se lo mire, único e irrepetible a la par que subestimado e ignorado.