2 de mayo de 2011

Doctor Moffat



Doctor Who es renovación, cambio constante. Lo es desde que se tuvo que tomar la decisión de prescindir de William Hartnell como actor principal y lo es también por su longevidad, que fue devorando a actores, productores y guionistas a partes iguales. Se puede decir que a partir de una serie de imprevistos se dieron una serie de elementos que, a día de hoy, todo el aficionado de la serie reconoce y acepta y que, además, definen y diferencian a Doctor Who del resto de series que actualmente hay en antena. La serie, tal como hace su protagonista, se ve obligada a regenerarse cada cierto tiempo y ofrecer una nueva cara al mismo tiempo que, en esencia, sigue siendo la misma que se estrenó una tarde de sábado hace ya cuarenta y ocho años.

Por ello la serie se comprende mejor si se aparta la mirada del todo y se pone hincapié en analizar y seguir distintas épocas, Doctores y autores. Muy al estilo, por ejemplo, de lo que puede pasar con el casi inabarcable mundo del cómic superheróico americano. Es por ello que Doctor Who puede ser entendida y disfrutada desde diferentes prismas y que, simplificando, cada autor acabe adentrándose en su escritura influenciado por el concepto particular que tiene del personaje y la historia. Y a partir de ahí, y ayudados por un canon bastante flexible, las posibilidades son casi infinitas. Pongamos un ejemplo reciente y reconocible para todo aquel que no conozca más que las temporadas modernas de la serie. Mientras que la etapa con Russell T. Davies al mando se caracterizaba por una suspensión de toda credibilidad en pos del entretenimiento y del más grande todavía, ahora, con Steven Moffat a las riendas, se ha pasado a otra en la que todo parece más reposado y cerebral y en la que se exploran los miedos más básicos. El primero siempre apelaba al sense of wonder que experimentaba al ver la serie cuando era un niño  mientras que el segundo siempre manifestó lo aterrador (desde un punto infantil) de la misma. Dos ópticas muy diferentes entre sí, pero igual de definitorias para entender el éxito y transcendencia de la serie.

Y ya desde la temporada pasada, Steven Moffat comenzó a sembrar las semillas para su Doctor Who. A una estupenda construcción de personajes y situaciones que ya tenía en su haber gracias a todos los episodios que se encargó de guionizar durante los cuatro años anteriores, se le sumó la intención de apostar por la serialización más acentuada de una trama plagada de pistas y detalles y pensada para desarrollarse a medio o largo plazo. No en vano, para poder empezar a descifrar que era ese silencio que tenía que caer y que fue anunciado en la primera aparición de Undécimo Doctor, hemos tenido que esperar una temporada entera solo para descubrir que es una parte de un todo mucho mayor, que ahora parece demasiado enrevesado y del que, conociendo el gusto de Moffat por jugar al despiste y ofrecer referencias y pistas de diversas, y falsas, interpretaciones, todavía nos queda mucho por ver.

Y a todo eso se le tienen que sumar las ganas del guionista escocés por indagar dentro del concepto del personaje y de juguetear con las reglas no escritas de la serie. Este último año, y con el pasar de los episodios, Doctor Who ha ido adquiriendo un tono más adulto y menos complaciente, alejándose del concepto de serie para toda la familia que acarrea y con Moffat dispuesto a diseccionar ese alien que es el Doctor hasta las últimas consecuencias. No puede ser de otra forma que El Silencio, el último de los monstruos salidos de su imaginación, contengan tantos paralelismos con la realidad misma del personaje interpretado por Matt Smith. Seres que existen en función de los pocos que les conocen, invisibles para el resto, pero responsables de cambiar la realidad tal como la conocemos a su antojo. Hay mucho del Doctor en El Silencio y todo parece indicar que, Amy, Rory y River Song mediante, esa sea una de la claves de la historia que Steven Moffat nos tienen que contar.