21 de junio de 2011

Juego de Tronos


Tal como hiciera La Guerra de las Galaxias con la ciencia ficción, El Señor de los Anillos supuso para el fantástico una revitalización en toda regla, creando un género popular y reconocible a partir de la combinación de una serie de subgéneros. Un género, por otra parte, muy restringido y acotado por unas reglas bastante rígidas que a simple vista no concuerdan con el sentido de la maravilla y el-todo-es-posible que se le podría atribuir a la fantasía épica. Existen excepciones, por supuesto, y posiblemente una de las claves del éxito de la saga Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin en cualquiera de sus versiones sea saber distanciarse de esas reglas y argumentos que la fantasía arrastra desde la irrupción de la obra de Tolkien, copiada y estirada hasta el hartazgo [1].

Y aunque a estas alturas suene a frase manida, que lo es, esa etiqueta de "un Señor de los Anillos adulto", si bien no es del todo cierta y acertada, sí que ayuda bastante para que el neófito pueda acercarse a la obra libre de prejuicios y preparado para lo que se le va a contar. Y es que el fenómeno ha terminado de explotar con la producción de una serie de televisión para el canal HBO, en lo que ha sido una jugada lógica y consecuente si tenemos en cuenta las tablas como guionista de televisión de Martin y la influencia de ello en el estilo de narración de la saga.

Así pues, Juego de Tronos (HBO, 2011-...), adapta, casi al pie de la letra, todas las características principales del libro en que se basa. Más centrada en los diálogos y en desarrollar personajes repletos de matices que en la acción misma, la serie propone una visión desmitificadora del género posicionando la lupa en las desavenencias de los poderosos que, distraídos en sus juegos de traiciones y guerras, se olvidan de sus tareas como protectores del pueblo y de las amenazas exteriores, bastante más importantes y peligorsas que mantener el honor y riqueza de las grandes casas que abanderan.

Como adaptación de una obra de éxito que es, Juego de Tronos juega en desventaja respecto al espectador conocedor de la historia. Y es que, como le ocurre a cualquier adaptación, es imposible competir con la imaginación de un lector. Imposible. Pero a parte de lo acertado o no de algunas decisiones a la hora de trasladar ciertos eventos a la pantalla, lo más significativo de esta adaptación es la introducción de ciertas escenas y diálogos que cumplen la función de desarrollar a ciertos personajes importantes que, debido a que la narración original de los libros se basa en puntos de vista, en esta primera parte de la serie hubieran tenido menos protagonismo y profundidad [2]

Juego de Tronos no está a la vanguardia de las series, esa posición está ocupada por producciones más experimentales y arriesgadas que ella como Treme, Breaking Bad o Mad Men, pero es un soplo de aire para todo aquel que busque una teleserie que no esté supeditada al corsé creativo de los canales en abierto y que le produzca maravillarse y tensionarse al mismo tiempo. Ni más, ni menos.

[1] El bien contra el mal, la luz contra la oscuridad o el héroe anónimo que afronta su inevitable destino como salvador de todo el universo conocido frente a la ambigüedad generada por diferentes puntos de vista y personajes esclavos de una condición que les acerca más a la derrota y la muerte que al heroísmo, como propone CdHyF.

[2] Sin duda, personajes como Jaime Lannister y Theon Greyjoy son los más beneficiados por esta decisión. Personajes de los que no conocemos su verdadera personalidad y puntos de vista sobre los acontecimientos hasta bien entrados en la saga y que, de esta manera, empiezan a dibujarse antes de que el protagonismo recaiga más en ellos.