5 de junio de 2012

Juego de elipsis


Si extrapoláramos los conceptos cinematográficos de blokbuster o película evento al entretenimiento domestico podríamos decir que Juego de Tronos (HBO, 2011 - ...) es sin duda el evento televisivo del año. Por producción, ambición, resultados e impacto en la sociedad la serie de Weiss y Benioff ha multiplicado el ya masivo éxito que la franquicia poseía en su formato original, la saga de libros Canción de Hielo y Fuego orquestada por George R.R. Martin, y además lo ha conseguido manteniendo una línea de calidad constante en casi todos los aspectos que la componen. En casi todos.

Porque por su condición de adaptación tiene que torear con una cantidad ingente de información y no siempre lo consigue. Y no se equivoquen, no es mi intención hablar de los cambios argumentales con respecto al libro, cambios que han generado millones de discusiones inanes que creo que se terminan con una afirmación bastante clara y corta. Adaptar no es copiar. Sus creadores lo han dejado bien claro. No tienen tiempo ni presupuesto como para preparar y realizar más de diez episodios por año y esa es una de las razones de más peso para contraer, eliminar o fusionar las diferentes tramas que han sufrido cambios respecto al material original. Canción de Hielo y Fuego es inabarcable en su concepción original y ese es el peaje que hay que pagar actualmente por su adaptación.  Me refiero más bien al hecho de tener que manejar esa información, cuadrarla y exponerla a lo largo de esas diez horas de televisión, con el consabido efecto que conlleva para la historia y, sobre todo, para el desarrollo de los personajes.

Peaje, como decía, que se paga a gusto porque el resultado final es casi siempre muy meritorio. Pero aún así nunca es perfecto y es ahí donde la serie cojea. Su punto débil sigue siendo la dispersión [1] que genera la falta de tiempo para desarrollar sus historias y perfilar a sus personajes. Juego de Tronos es muchas veces victima de su propio dinamismo. Esa necesidad imperiosa de estar casi en tres sitios a la vez desarrollando múltiples tramas no deja tiempo a un necesario reposo de la información y desdibuja a muchos personajes que muchas veces no son más que elementos que se utilizan para soltar frases y aligerar guión [2]. Y, en consecuencia de todo ello, se llega a situaciones de total desconcierto para los no expertos en el relato.

Juego de Tronos siempre ha jugado con la elipsis como elemento de distracción de la trama y, porque no decirlo, como inteligente estrategia a la hora de ahorrar presupuesto. Es además una característica heredada de los libros en los que, debido a su estructura de punto de vista, la mayoría de los grandes eventos o batallas son obviados del relato principal y solo se sabe de ellos después. El problema surge cuando a esas elipsis se les une los problemas heredados de los que hablaba antes creando importantes agujeros en la historia como por ejemplo - y si es usted alérgico a cualquier tipo de comentario sobre un episodio que todavía no ha visto deje de leer - todos los sucesos que rodean el sitio y posterior destrucción de Invernalia en el último episodio.

Ese es el debe de Juego de Tronos para su tercera temporada. Porque el ritmo de información y acción no cesa en ningún momento. La serie necesita encontrar entidad propia como producto exclusivo y no depender tanto en muchas ocasiones del conocimiento de la obra original. Dejar de parecer material de apoyo y convertirse en una serie con enjundia propia, como lo es en el resto de apartados.

[1] No es casualidad que el episodio más redondo de esta segunda temporada sea el único en el que la acción ha estado fija en un solo frente, la batalla de Aguasnegras.

[2] Siendo los casos más sangrantes los de Daenerys y Jon. Personajes que se han aplanado hasta decir basta. Casualidad o no son las dos partes de la historia que más se alejan del epicentro principal de esta temporada, la guerra por el trono de Poniente.