2 de abril de 2013

Juego de Tramas


La reina de las series ya ha vuelto con su tercera temporada y medio mundo ya habrá podido ver su vuelta, que por algo es la serie más descargada [1]. A estas alturas, enumerar las cualidades de Juego de Tronos está un poco de más, así que podemos hacerlo deprisa, corriendo y de carrerilla. La adaptación televisiva de Canción de Hielo y Fuego es un relato épico, sucio, ambicioso y todo lo fidedigno que el trasvase de formato le permite. Es la reina de la corona de HBO y, según avanzan los años, se va encontrando con un grave problema. El universo y personajes que ha ido desarrollando es tan vasto que la calidad de la serie corre el peligro de resentirse por no poder contar con el tiempo adecuado para hilar tan fino como ha venido demostrando.

Ya se vio en la parte final de la segunda temporada y se ha seguido viendo en esta premiere. Hay una narrativa apresurada que genera una sensación de alejamiento entre todos los focos de acción de la serie, que no son pocos. Ya desde sus elaborados créditos se nos avisa de todas las localizaciones que vamos a visitar que, además, nunca son suficientes. Incluso en un primer episodio de temporada ejemplar en el sentido de unir los nexos con el episodio anterior [2] y asentar las nuevas bases la serie no se puede permitir hacer un repaso a todos su frentes abiertos, obviando tramas como las de los pequeños Stark o esa extraña pareja que forman Jamie Lannister y Brienne.

¿Pero existe alternativa? Yo creo que no. Juego de Tronos es, por concepto, una serie con una jerarquía muy poco ajustada. Es la más coral de todas las series corales y ese es su talón de Aquiles. No posee un arco argumental principal que sirva de pegamento para todas sus historias. Y es que un buen castillo necesita  de un buen cemento entre sus piedras para poder aguantar lo que le echen. Su relato es en ocasiones ansioso, deseoso de saltar de escena en escena por la necesidad de contar todo lo Benioff y Weiss quieren contar. Esto le otorga muchas veces un ritmo que otras series querrían, sí, pero a costa a veces de simplificar a sus personajes, de no encontrarle minutos para su definición. Y esta falta de conexión entre sus partes es la que evita que la serie pudiera tener otro formato episódico, porque de lo contrario una narración como la de Lost, otra serie con la coralidad por bandera, le vendría que ni pintada.

En definitiva, Juego de Tronos es una serie que, por concepto, se enfrenta a una dificultad base que bastante bien suele torear. Por muy bien que se ajuste en ciertos sentidos el texto original a las formas televisivas es evidente que a veces tiene que hacer malabarismos para encajar libros de casi mil páginas en diez horas de televisión. Unas veces lo consigue satisfactoriamente, como cuando aglutina diferentes personajes e historias en una sola o como cuando se toma las licencias de aportar nuevas escenas al relato. Pero otras no. Es el precio que tiene que pagar por mantener su fidelidad hacia el texto original. Un handicap impuesto por su condición de adaptación.

[1] Algo que en HBO no parece preocupar mucho.
[2] Buen detalle para los amantes de la saga. El último episodio de la segunda temporada se llamó Valar Morghulis, expresión que en el contexto de la serie significa "todos los hombres deben morir" y que siempre va  acompañada como respuesta por Valar Dohaeris, el título de este primer episodio, "todos los hombres deben servir".