21 de mayo de 2013

Doctor Who 7.5


Steven Moffat y su equipo tienen unas formas adquiridas a la hora de escribir y abordar Doctor Who que, para bien o para mal, a estas alturas no van a cambiar. Preocupados más en presentar una buena cantidad de ambiciosos conceptos pero no a desarrollarlos adecuadamente, de alargar y repetir esquemas y de ensimismarse en llevar al espectador de un gran misterio sin resolver a otro mayor misterio no resuelto, esta segunda parte de la séptima temporada de Doctor Who sigue ofreciendo claroscuros evidentes, con momentos olvidables seguidos de situaciones memorables. Pero en The Name of The Doctor, el episodio que cierra temporada y da pie al especial cincuenta aniversario de la serie, Moffat vuelve a demostrar que le tiene bien cogido el pulso a la visión moderna del personaje y que es capaz de hilar muy fino a la hora de abordar la mitología moderna de la misma.

The Name of The Doctor, como episodio, cumple una doble misión. Primero, como ya hemos comentado, funciona como introducción a la verdadera bomba que nos espera en noviembre al mismo tiempo que explora y expande la concepción del personaje que Rusell T. Davies presentó allá por 2005. Y, segundo, el episodio significa el cierre a la trama principal de la temporada, la identidad de la nueva compañera de viajes del Doctor, Clara Oswald. Una trama que, al contrario que otros hilos argumentales de Moffat en pasadas temporadas, ha tenido menos peso en los episodios anteriores y a la que se le ha dado un final bastante menos enrevesado, y por ello mucho más efectivo, de lo que podría imaginarse.

Y es que el formato de la temporada ha recordado más a la etapa de Davies que a la de Moffat, con episodios mucho más independientes entre sí y menos preocupados en ensamblar cualquiera de esos grandes puzzles argumentales que el guionista escocés iba preparando para la serie. Solo la escasez de episodios ha impedido darle más importancia a desarrollar el misterio de Clara, que no al personaje, pero la interminable despedida de los Pond en la primera parte de la temporada y la decisión de cambiar el formato de emisión de la serie por diferentes motivos, temporales y económicos fundamentalmente, han motivado que el arco de la impossible girl no se haya presentado lo suficientemente bien como para conseguir un mayor impacto emocional en su cierre.

Irremediablemente nos encontramos con varios vicios, recibidos y propios, que empañan un poco la valoración general de la temporada. El excesivo apego que tiene Moffat con el personaje de River Song y su casi aparente obligación de traerlo cada vez que hay un evento mayor o esa necesidad imperiosa de convertir a cada nueva compañera en la más importante de todas, son tics redundantes y muchas veces molestos. Por el otro lado, el nivel de producción sigue creciendo y lleva a la serie a unos niveles visuales inimaginables hace un par de años que le quitan el San Benito de serie barata.

En general, esta media temporada ha contado con altos en episodios como The Bells of Saint John (de nuevo, y no es por dar la lata, un episodio muy de la era pasada), Hide o Journey to the Centre of The TARDIS (el mejor intento de actualizar un elemento clásico de la serie, tras la ejecución algo fallida de un buen concepto como fue Nightmare in Silver o el descalabro total, pese a ese intento de presentar un remake escondido de Alien, de Cold War). Mención especial para el trío Vastra, Jenny y Strax [1], recurrente desde el especial de Navidad y único punto salvable de The Crimson Horror, un episodio que parece hecho con plantilla sin nada nuevo que ofrecer.

Doctor Who acaba temporada con la aparente intención de remover los cimientos de la serie y presentar en su octava temporada un cambio de aires una vez dado por cerrado un nuevo ciclo con la emisión del especial de este año. O al menos eso es lo que da a entender los últimos minutos de su último episodio emitido. De todas formas habrá que esperar hasta noviembre para ver si Moffat de verdad propone un cambio subversivo en la serie o, por el contrario (y empieza a ser una molesta costumbre), nos vuelve a meter en el mismo juego de siempre, ese en el cual maneja las reglas a su antojo y en el que cuenta con las cartas marcadas.

[1] Sobre todo este último como alivio cómico de la serie.