American Horror Story está en los ojos que la miran


Dice el refrán que la belleza está en los ojos que la miran y, bueno, aunque todos sabemos que en toda frase hecha existe un grado de generalización importante no es menos cierto que muchas veces estas vienen ni que pintadas para dar paso a algunos argumentos. Y si actualmente hay una serie que veo con los mejores ojos posibles, aunque a veces no sepa porqué, es American Horror Story.

Coven, la tercera parte de la antología de los mitos del terror americano de Ryan Murphy y Brad Falchuk para FX se presenta, a priori, como la versión más campy de las tres temporadas de la serie. American Horror Story siempre se movió muy bien entre la ficción más reconocible y los ramalazos experimentales de sus dos creadores y ese equilibrio imposible es uno de los pilares en los que se mantiene la serie (el otro es indudablemente la buena colección de actores en nómina que han logrado a la perfección captar esa circunstancia en sus actuaciones). Pero ahora, con el contexto de la brujería y la tumultuosa historia social del sur de Estados Unidos, tanto a Murphy como a Falchuk se les ve muy cómodos y no dudan en explotar la formula que ellos mismos han patentado. Que nadie tenga ningún tipo de dudas, el que esté en el barco de esta serie por el placer de experimentar locura tras locura [1] se encontrará agustísimo viendo Bitchcraft [2], el episodio que abre este nuevo capítulo en la producción de la serie.

Yo soy de esos últimos, por cierto. Mis ojos miran con amor a la serie desde el filtro de la diversión infinita, la mezcla de referentes, la explotación de formas, la ironía de brocha gorda y la ostentosidad argumental. Pero aún así hay momentos que no sé que pensar, que no sé como procesar todo ello. Reconozco que no en pocas ocasiones soy incapaz de afirmar si todo ese pastiche kitsch es siempre consecuencia de una intención manifiesta de sus autores o si por el contrario me encuentro delante de una de los mayores sinsentidos de los últimos años, una ridiculez sin pies ni cabeza que ha caído en gracia.

Afortunadamente son pocos los momentos en los que me siento así y, fuera como fuera, una cosa está clara. Intencionalmente o no, a golpe de genio o de pura suerte, es indudable que American Horror Story se mantiene fiel a su propuesta de entretenimiento. Una propuesta que actualmente solo ella oferta y vende (a veces con demasiada insistencia) tan bien. Y que dure.

[1] Si ver a Kathy Bates como una obsesiva esclavista sangrienta, a Jessica Lange pasando las tardes esnifando coca y succionando la esencia vital de un hombre o a Emma Roberts como una Lindasy Lohan wannabe enviándo por los aires un autobús no os parece suficiente siempre se podrá decir que AHS y Taissa Farmiga nos han regalado el concepto de la súper-vagina-mágica-asesina.

[2] Bitchcraft, como primer episodio, tiene el mismo problema que las anteriores premières de la serie. El formato de antología hace que AHS tenga que lidiar cada temporada con una nueva historia, por lo que cada primer episodio es formalmente un piloto. Y como piloto hay mucha exposición evidente y mucha presentación. En definitiva, mucha prisa por colocar todas las fichas en el tablero para empezar a divertirse.