18 de noviembre de 2013

La leyenda de Kenny Powers


En apariencia, la última temporada de Eastbound and Down acaba de la misma forma que empezó. Con Kenny Powers teniendo una vida apacible como padre de familia, alejado de su ansiada fama y riqueza. Pero la apacibilidad de principio de temporada era impostada, no deseada. Lejos de ser una bestia amaestrada Kenny se encontraba en período de hibernación, conformándose con una vida que no encajaba en sus planes, esperando la enésima oportunidad para volver al juego.

Se habla mucho de Eastbound and Down como una historia de redención, pero con la emisión del último episodio de la serie se puede decir de una vez que lo que siempre ha buscado Kenny Powers es la felicidad. Una felicidad que nunca ha sabido encontrar dónde él creía que estaba hasta que al final casi es demasiado tarde para perderla. Recapitulemos. Durante sus tres primeras temporadas Kenny, La Flama Blanca, siempre se las arreglaba para reponerse de su propia estupidez y egolatría y salir vencedor de los retos que se ponían en su camino. Pero eran victorias pírricas, incompletas. Por eso la espiral de autodestrucción, porque él siempre quiso lo mejor, lo máximo. O lo que en su mente consideraba que era lo mejor. Ser la estrella de un equipo de segunda categoría era un parche, no un final a la altura de sus expectativas. Kenny no era feliz.

Porque hay que comprender la mentalidad de este personaje, un Quijote moderno que sustituye las novelas de caballería por la cultura ochentera y que persigue molinos de viento al lado de su inseparable escudero, Stevie. Kenny Powers no busca nunca redención ninguna pues la mayoría de las veces cree que lo está haciendo es lo correcto. Es una persona claramente rota desde joven que está convencido, añorante de una grandeza que rozó una vez, que la felicidad está en la fama y la riqueza que piensa que le fue arrebatada injustamente. Y hace todo lo posible para conseguir su meta, lo que le convierte en un personaje egoísta, repulsivo y mezquino con el que empatizamos porque al fin y al cabo Eastbound and Down es una comedia y el constante choque que se produce entre como entiende la vida su protagonista y como lo hacemos nosotros es hilarante.

Pero volvamos a esta última temporada en la que, por fin, KP alcanza el verdadero éxito gracias al escaparate que le da Sport Sesh, un programa de debate deportivo, en el que lo menos importante es el deporte, en el que encaja a la perfección y que le lleva al estrellato mientras su bolsillo se llena de dinero. La lucha con Guy Young (un inmenso Ken Marino, uno de esos actores que te preguntas porque no aparece mucho más por televisión o cine) por ser el gallo del corral lleva a nuestro protagonista a nuevos niveles de bajeza moral y autodestrucción justificados por él como el precio a pagar por la grandeza. Y cuando Kenny Powers consigue todo lo que siempre quiso es cuando se da cuenta que, de nuevo, no es feliz. Ese es su drama, el auto engaño en el que ha vivido toda su vida.

El final feliz que la serie propone, a lo mejor, no es el que el espectador esperaba. Parece la opción obvia, la menos arriesgada. Al igual que el público da la espalda a Kenny cuando este decide ser sincero en frente de las cámaras y aceptar de una vez que su sitio está con su familia y no humillando a personas por televisión para regocijo de una audiencia ávida de sangre, puede que haya gente que no acepte que Eastbound and Down tenga un final feliz, cómodo. Conscientes de ello Danny McBride y Jody  Hill ponen en la voz de Stevie el pensamiento del espectador, "el final podría haber sido más poderoso". Pero en la realidad los finales no son fáciles. Keny Powers, el personaje, puede que muera en el momento en el que decide que lo más importante sea su familia. Ahí nace el Kenny Powers persona. Pero afortunadamente siempre le queda la ficción para reescribir el final de su historia y regalarnos un falso epílogo a la altura de lo que el mito se merece. Un final perfecto, un final irreal. Todos recibimos lo que buscábamos, todos ganamos.