28 de mayo de 2014

Once you were lost, and now you're back home.



A algunas series se les da bien plantear episodios autoconclusivos perfectamente ejecutados. Otras destacan por construir universos a los que te gusta volver semanalmente e ir poblándolos poco a poco con un reparto cada vez mayor. Otras diseñan tramas a largo plazo que tienen éxito por combinar la emoción del giro de guión con la introspección psicológica y el desarrollo de personajes. Adventure Time es una de las poquísimas series que puede afirmar estar entre las mejores en todos estos ámbitos, muchas veces logrando ejemplificarlos a la vez. Éste es mi caso favorito.


Tom Herpich y Steve Wolfhard, dos de los guionistas y storyboarders más importantes de la serie, llevan años deleitándonos con algunos de los episodios más memorables de la animación reciente (entre los que se encuentran los tremebundos y hasta conmovedores "Thank You", seleccionado para el festival de Sundance, y "Princess Cookie", para el de Annecy). "Lemonhope", sin embargo, es algo completamente distinto, y he considerado que tal muestra de madurez artística [1] merecía un artículo que rompiera ligeramente con el formato que he seguido hasta ahora por estos lares. Al fin y al cabo, se ha escrito tanto sobre la serie al completo (soy muy fan de esta joya) que un artículo al uso no le haría justicia a estas alturas.


El episodio da comienzo con una hipnótica secuencia onírica que nos presenta a un Lemonhope alado, aparentemente inspirado en el Ícaro de la mitología griega, acudiendo a la llamada de la aventura en forma de puerta roja. Éste parece ser el primero de los pasos que el episodio sigue en su afán de reinventar y deconstruir el Viaje del Héroe, planteado por Joseph Campbell en los 40 y fuente de inspiración de algunos de los artistas más venerados de los últimos tiempos.

Tras esto, y en un delirante paralelismo con la secuencia anterior, a nuestro protagonista (interpretado en pleno estado de gracia por Justin Roiland, co-creador de Rick and Morty) se le plantea su misión: salvar al pueblo al que perteneció originalmente, que ha terminado de transformarse en un régimen totalitario desde (y por) su marcha. Siguiendo los patrones previamente mencionados, Lemonhope la rechaza, mas no por el sentido del deber que encontramos habitualmente en el Viaje: simplemente, en sus propias palabras, no está demasiado preocupado acerca del resto de la gente. Él se tiene a él, y los demás a los demás.

El mejor recurso narrativo jamás usado para plasmar el desinterés del héroe en su destino: GAFAS DE SOL.

Es aquí cuando el episodio se mete en el mismo campo de minas metafórico en el que me estoy metiendo yo ahora por mencionarlo siquiera: satirizar despiadadamente el objetivismo de Ayn Rand mediante un Lemonhope que antepone su prosperidad individual a la responsabilidad que el resto del reino de Ooo le indica que debe a su pueblo. Al mismo tiempo, sin embargo, lo hace con una sutileza prácticamente metareferencial: lo que nos están planteando Pendleton Ward y su equipo es casi una reinvención del concepto original de la propia serie. Estamos, por así decirlo, revisionándola entera desde los ojos de alguien a quien simplemente no le da la gana ser Finn el Humano.

Y aquí llegamos a otra de las dudas que el episodio parece poner encima de la mesa: ¿es acaso más heroico Finn por llevar a cabo sus hazañas por decisión propia en vez de, como en el caso de Lemonhope, ser obligado por su mentora? ¿No es, al fin y a cabo, más meritorio lograr llevarlas a cabo en contra de tu voluntad? ¿No encuentran precioso el mero hecho de que el episodio nos lleve a planteárnoslo?


La segunda secuencia onírica del episodio nos muestra claramente la carga que Lemonhope lleva detrás y el modo en el que éste escoge ignorarla. Llegados a este punto, el protagonista ya es completamente libre, más su felicidad no llega hasta que es adoptado por Phlannel Boxingday, una delirante figura paternal sospechosamente parecida a su antigua mentora disfrazada... cosa que el episodio jamás nos destaca explícitamente, simplemente con pequeños toques como su uso momentaneo de alemán o sus limitaciones gubernamentales respecto al castillo del que Lemonhope origina. Sea como sea, una vez llegado Phlannel, nuestro protagonista tiene finalmente todo lo que deseaba.

Throw him a lemonrope.

O algo así. Es aquí, tras la tercera secuencia onírica (un perfecto homenaje a la introducción del personaje, el altamente traumático "Too Old") donde Lemonhope decide finalmente regresar a su antiguo hogar para salvar a sus hermanos. Tras lograrlo, es finalmente libre de verdad: libre de su constante carga moral y libre para huir durante mil años y hacer lo que le dé la gana. Nuestro protagonista ha completado su Viaje del Héroe, aunque sea únicamente por quitarse de encima culpabilidad alguna. Y eso es bonito.

Fantasía: now in TECHNICOLOR.

Y así, con la demoledora secuencia que (espero) verán a continuación, culmina una subtrama terciaria de tres años de desarrollo, magistralmente elaborada por una serie con la confianza suficiente como para dedicarle un especial de media hora (tan solo el tercero de la serie) a un personaje que ha aparecido previamente durante un total de cinco míseros minutos y, para más inri, lograr con ello el que muy probablemente sea el punto álgido de sus seis temporadas emitidas hasta la fecha.


Snif.

Supongo que ahora podríamos hablar también de lo deliciosamente rocambolesco de mostrarnos el post-apocalipsis de un relato ya post-apocalíptico de por sí. O empezar a desarrollar toneladas de teorías acerca de esa casa-árbol de Finn y Jake que ahora se sitúa más allá de las nubes. En su lugar, simplemente pensemos por un instante en lo bello de la mera existencia de esta media hora de televisión. Sé que es una hipérbole como quince pianos, pero les parezca mejor o peor, dudo seriamente que se emita nada comparable ahora mismo.

[1] He de admitir que me ha resultado complejo tratar de analizar un episodio con tantísimas capas, ya que estoy plenamente convencido de que me he dejado en el tintero gran parte de las más cruciales (para empezar, no he mencionado que el episodio bebe bastante del Leviatán de Thomas Hobbespor no hablar de esto que destacó el bueno de Henrique Lage en Twitter), pero me he tenido que obligar a mí mismo a intentarlo. Si ha servido para que a alguien le surja un interés repentino por la serie más erróneamente juzgada de la actualidad [2], yo creo que ha merecido la pena con creces.

[2] Y sí, soy plenamente consciente de que los conceptos "serie infantil" y "prejuicios" irán de la mano hasta el fin de los tiempos, pero déjenme intentarlo.