9 de noviembre de 2014

Into The Unknown



"If dreams can't come true, then why not pretend?"
- "? ? ?", como indican los créditos

Las miniseries siempre han gozado de una posición privilegiada entre los amantes de la televisión. Considerablemente difíciles de explotar comercialmente, cadenas tan reputadas como la HBO o la BBC contratan a menudo proyectos de una única temporada que permiten al showrunner en cuestión deleitarnos con un relato de final cerrado, a menudo logrando algunas de las resoluciones más satisfactorias en un campo sobresaturado de renovaciones innecesarias y de joyas absolutas convertidas en subproductos que deberían haber muerto hace décadas pero desgraciadamente siguen siendo rentables (lo que llamamos el Efecto Groening).

¿Por qué, en ese caso, optaría un canal infantil - más preocupado por rentabilizar el merchandising asociado a sus franquicias que por aumentar su pedigrí ante los ojos de los pocos adultos que las disfrutan - por aprobar la producción de una miniserie altamente conceptual, emitida de un golpe en cinco noches consecutivas, sin posibilidad alguna de convertirse en un éxito de masas? Francamente, no tenemos ni la más remota idea. Pero nos hace muy felices.


Y digo esto porque Patrick McHale y su equipo [1] han logrado algo prácticamente inconcebible: un clásico atemporal. Inspirándose en arte folk, literatura infantil del siglo XIX y música americana de principios del XX [2]; y mostrando un aprecio hasta delirante por los inicios de la animación (la serie contiene homenajes directos a Betty Boop y a las Alice Comedies que dieron salida a la carrera de Walt Disney), Over The Garden Wall nos presenta un mundo onírico incomparable a través de los ojos de dos hermanos, Wirt y Greg, tratando de regresar a casa.

Y qué mundo onírico, amigos. Mi intención con este artículo es no reventar absolutamente nada de la incomparable magia que la serie destila en todo momento, ya que arrebatarles descubrir tal cosa por sí mismos me parecería un crimen, ergo me limitaré a decir que no me había topado con nada tan condenadamente especial en décadas. Quizá nunca. Lo logrado aquí, si el mundo es justo, debería lograr el estatus actualmente reservado a clásicos como El Mago de Oz o Alicia en el País de las Maravillas, con los que además comparte muchísimos aspectos y cualidades.

Para redondearlo, una de las direcciones artísticas (obra del animador independiente Nick Cross) más visualmente apabullantes jamás vistas en televisión y un cast de lujo (en el que encontramos a Elijah Wood, Melanie Lynskey, Christopher Lloyd, Tim Curry, un desconocido Collin Dean que termina comiéndose la serie y un John Cleese en estado de gracia en todos y cada uno de sus varios y desquiciados papeles) terminan de convertir la serie en una delicia para los sentidos.

Pero todo eso acaba resultando secundario ante lo puramente honesta, entrañable, divertidísima, ocasionalmente aterradora y, ante todo, tremendamente especial (me repito, pero es la palabra adecuada) que la serie resulta de principio a fin. Es una sensación prácticamente indescriptible, y por ello les aconsejo que confíen en mí por una vez, ignoren lo exagerado que acostumbro a ser, y simplemente disfruten. Yo sigo sin poder quitármela de la cabeza, y no sé si lo lograré jamás.

And that's a rock fact.


[1] Equipo formado, entre otros, por gran parte de los responsables de los mejores episodios de Hora de Aventuras (Bert Youn, Natasha Allegri, Tom Herpich, Steve Wolfhard, Cole Sanchez y el propio Pendleton Ward), además de genios del cómic como Jim Campbell, Zac Gorman o Fran Krause.

[2] Una vez terminen la serie [3], les recomiendo encarecidamente echarle un vistazo a su banda sonora. Por el momento no está completa, pero las versiones extendidas disponibles hasta la fecha ya son razón suficiente para pasarse horas pulsando F5.

[3] Y si pueden, háganlo antes de que acabe el otoño. Sonará absurdo, pero es muy otoñal. Yo ya tengo nueva tradición anual, qué quieren que les diga.