6 de noviembre de 2015

BoJack Horseman And Use A Pretty Font




"The key to being happy isn't a search for meaning. It's to just keep yourself busy with unimportant nonsense, and eventually you'll be dead."
- Mr. Peanutbutter

Conectar con una serie es algo extraño. Ante todo, porque las conexiones son recíprocas por definición, y el mero concepto de conectar con material previamente creado que estamos procesando de forma pasiva confunde y aterra a tantísima gente que ya contamos con todo un subgrupo dedicado a gritarnos lo patéticos que somos si le cogemos cariño a un producto audiovisual por razones personales (se llama "Twitter"). Y sin embargo, en ocasiones es inevitable. En ocasiones una serie nos habla y comprende de forma más íntima y empática que muchos de nuestros mejores amigos. En ocasiones vemos reflejado nuestro estado emocional en una pieza de cultura pop y nos resulta imposible no encontrarla tan emotiva como demoledora. En ocasiones vivimos a través de lo ajeno.

Y si les parece que éste es un primer párrafo increíblemente surrealista para un artículo centrado en la serie de dibujicos del caballo parlante, obviamente aún no la han visto.

Si este plano no les ha conquistado de inmediato no podemos ser amigos.

Me enfrenté a BoJack Horseman con escepticismo. Admitámoslo: sus primeros episodios, por disfrutables que puedan llegar a ser, resultan casi superficiales; una sátira Hollywoodiense más en un universo que parece recrear el de Ugly Americans con animales antropomórficos en el lugar que ocupaban las bestias del infierno (amo poder escribir frases como ésa con cara seria). Sin embargo, algo me empujaba a seguir: una extraña oscuridad inherente en los personajes, como si estuvieran siendo conducidos por algo más que un simple intento de hacer reír al espectador. Como si, poco a poco, nos estuvieran empezando a mostrar, pelándolas capa a capa, a personas de verdad. Personas-caballo, al menos.

Y así era. Pronto BoJack se convierte en una tesis sobre la depresión crónica tan surrealista como demoledora: llegados los episodios 7 y 8, cada uno centrado en el mismo día desde dos lugares distintos, está claro que Raphael Bob-Waksberg y su equipo de guionistas no están interesados en contarnos otra parodia del submundo de la fama: están interesados en lograr la introspección más honesta posible de lo que esa fama le hace a una persona. Llegado el episodio 11, todos queremos tirarnos por una ventana. Y nos encanta.

BoJack (Will Arnett dándonos, por irónicamente que sea, su interpretación más humana) era una estrella de la televisión. Allá en los 90, y como la canción de los créditos finales nos explica majestuosamente, protagonizó (como "The Horse", en uno de los millones de toques perfectos de nihilismo minimalista y cotidiano) la sitcom "Horsin' Around", un amalgama de todo lo clasificable en Antena 3 como "Cosas de" centrado en la repentina paternidad de un caballo que adopta a tres niños humanos. Durante nueve temporadas, América rió y lloró con las tremendamente forzadas y noventeras aventuras de ésta poco convencional familia; y BoJack, alguien tan narcisista y egocéntrico como necesitado de validación ajena, creyó por primera vez formar parte de algo. Y como en toda situación similar posterior, tal cosa terminó.

"Amo que sea un nombre compartido. Uno de los padres se llama Hitler, el otro Smith - podrían quitar uno de los dos apellidos, pero SEAMOS EQUITATIVOS." - Raphael Bob-Waksberg

Veinte años después, BoJack subsiste como puede. Relegado a la mansión que compró en sus años mozos junto a su compañero de piso Todd (un absolutamente adorable Aaron Paul que promete convertir "¡Hurra!" en una catchphrase mil veces más icónica que lo que fuera que gritaba en Breaking Bad), que se quedó allí a dormir hace años tras una fiesta y nunca se fue, pasa sus días viendo repeticiones de su sitcom y enfrentándose a su miseria existencial. Su agente (Amy Sedaris, en quizá el papel más infravalorado de la serie), harta de esto, le encarga a una biógrafa profesional (una Alison Brie que nos roba el corazón casi más que como Annie en Community y aún tiene tiempo para interpretar diez papeles secundarios magistrales, entre ellos el de mi personaje favorito [1]) que logre de una vez por todas que éste termine la autobiografía que lleva años posponiendo escribir.

Ésa es la sinopsis principal, pero prácticamente ni importa. Durante dos temporadas en evolución constante, BoJack Horseman recurre a sus personajes animados para lograr un realismo pocas veces visto en televisión: desde plasmar los enfrentamientos con aquellas decisiones pasadas que quizá siempre nos preguntaremos si podían haber sido distintas ("Escape From L.A.", indiscutiblemente el episodio más demoledor de la serie hasta la fecha, lo lleva a sus máximas y más dolorosas consecuencias) hasta centrar un episodio en quizá la tesis feminista más realista y dura que he visto en televisión en mi vida ("Hank After Dark", una introspección del tratamiento mediático de casos como el de Bill Cosby cuya frase final me rompió el alma en mil pedazos).

La única forma humana posible de que este episodio sea aún más gracioso es que Aaron Sorkin les demande.

Quizá el mayor problema al que se enfrenta BoJack Horseman es al estigma de ser "una serie de animación para adultos" en un mundo en el que nuestro único patrón establecido para demostrar lo rematadamente adulta que es una serie que recurre a un medio (y no un género, cabrones) tan injustamente visto como algo "para niños" es querer demostrarlo MUY FUERTE. Miles de series se han perdido en "probarle a su audiencia" lo maduras que son metiendo toda clase de violencia y tacos (te estoy mirando, MacFarlane) olvidando por el camino mostrar cualquier tipo de coherencia, de estabilidad, de respeto por su público adulto. BoJack Horseman es la excepción precisamente porque entiende que en ocasiones la mejor forma de acercarte a tu público es por sorpresa; y de ese modo nos concede una serie tan cuidadosamente elaborada como dolorosamente humana.

BoJack Horseman nunca olvida lo que somos. Logra que empaticemos con un protagonista absolutamente deleznable única y exclusivamente porque nos entiende: si logra ser desgarradora a más no poder es porque sabe que todos dudamos de nosotros mismos, nuestra bondad, nuestro papel en el universo. Y hace todo esto con una majestuosidad envidiable - quizá gracias al contraste entre sus durísimos arcos temáticos y su universo de versiones animales y chascarrillos baratísimos [2]; pero quizá simplemente porque sabe que, como espectadores, muchos únicamente buscamos conectar.

Can you come a little closer?

[1] Vincent Adultman, por supuesto. He means business.
[2] Uno de mis momentos favoritos, cosa siempre encomiable en una serie que tiene a JD Salinger como personaje, consiste en un premio para Cinco en Familia presentado por Scott Wolf, convertido en un zorro, y Matthew Fox, convertido en un lobo. Soy idiota y me da igual.