25 de mayo de 2011

Miranda


¿Otra comedia inglesa semi desconocida protagonizada por un montón de actrices y actores de los que apenas han oído hablar? Sí, por supuesto. Bienvenidos de nuevo a Basura and TV.

Miranda es una comedia de situación inglesa emitida por la BBC 2 y creada, escrita y protagonizada por Miranda Hart. Con esta descripción ya pueden imaginarse que la serie se basa, en su totalidad, en la personalidad de su responsable y en su alocado sentido del humor. Miranda, el personaje, es un desastre consciente de ello, inmmadura, repleta de complejos físicos y sexuales e incapaz de mantener cualquier relación social normal con alguna otra persona, no digamos ya íntima. Es alta, altísima, regordeta y torpe. No muy guapa, cosa que no trata de mejorar, y extremadamente infantil...

... pero bueno, mejor paro, que estoy empezando a ser grosero.

Como decía, Miranda se basa en exponer las vergüenzas de su protagonista, y las de los diversos personajes secundarios que la rodean, para generar una inmensa cantidad de chistes, referencias y números musicales durante los treinta minutos con los que cuentan cada uno de los doce episodios repartidos en, por ahora, dos temporadas [1]. La serie es una comedia de situación clásica en casi todos los aspectos; pocos personajes, cámaras fijas, escasos escenarios, público en directo, gags recurrentes y catch phrases. Todo ello mezclado con unos precisos toques de slapstick, parlamentos a cámara y una constante rotura de la cuarta pared por parte de los personajes [2].

El formato de Miranda es un formato viejo y gastado. Pero como no todo puede ser reinventar la comedia día sí y día también, la serie, consciente de ello, explota sus posibilidades hasta las últimas consecuencias logrando así poseer un ritmo endiablado. Sí parpadeas o prestas atención un momento a cualquier otra cosa, puedes estar perdiéndote un juego de palabras, un insulto o una referencia. Como sucede con muchas series, y sobre todo comedias, sus principales características pueden ser a la vez sus mejores o peores armas. Y es que el disfrute del visionado de Miranda recae, me temo, de sobremanera en la empatía con el humor de su autora. Un humor despreocupado de rápido consumo, sin más pretensión que el entretenimiento pasajero. Decidan ustedes si eso copa sus expectativas.

[1] Ya hay confirmación por parte de BBC de la grabación y emisión de una tercera tanda de episodios.

[2] Para que se hagan una idea aproximada de lo que les hablo, cada episodio finalizada con todos los actores cantando/bailando mientras se despiden del publico y la audiencia y sus nombres aparecen impresos en la pantalla.

16 de mayo de 2011

Sobre la risotada (pasando por Community)

En el momento de empezar a escribir este artículo un servidor tenía la intención de desgranar las principales características de Community, la comedia de la NBC que el viernes pasado concluyó su segunda temporada. Pero a medida que iba escribiendo sobre la serie me iba dando cuenta de que no estaba exponiendo nada nuevo referente a ella que no se hubiera comentado con anterioridad. Y es que mucho se ha hablado ya de la formula de Community y de como intertextualiza todos los géneros posibles para adaptarlos y, si se tercia, darles la vuelta a través de un discurso metarreferencial o de como define a sus personajes a través de los diálogos [1], por lo que repetirse una vez más no aportaría demasiado a estas alturas.

Pero si hay algo en lo que Community destaca sobre el resto de sitcoms actuales es en el debate que genera. Un debate no tan ligado a las impresiones personales que pueda causar en cada espectador, si no a la eterna discusión sobre la forma y el fondo de la comedia en general. Los espectadores menos entusiastas de la serie apuntan con el dedo principalmente hacia un aspecto a la hora de centrar sus críticas. Que debido a la ambición impuesta en cada episodio de dar un vuelta de tuerca más en la deconstrucción de diferentes géneros, la serie pierde comicidad. Vamos, que en cristiano y en una descripción que podría entrar en un tweet, "que muy bonito todo, pero no me he reído nada".

Y aquí es cuando entramos en terrenos farragosos y en consideraciones opuestas a la hora de analizar y juzgar el humor, ya no solo hablando de Community en particular si no de la comedia en general. Como comprenderán, ya que si no no estarían leyendo estas lineas, me opongo bastante al concepto que se deriva de la afirmación anterior y que podríamos resumir en ese mantra que reza que "una comedia es mala/buena si no/sí me hace reír". Y aunque definir con acierto y brevedad el humor me parece una tarea casi imposible y alejada de mis conocimientos, voy a intentar explicar mi postura.

El humor es sorpresa, la ruptura de una sucesión lógica de elementos. Un choque de conceptos no relacionados entre ellos. La finalidad del mismo es aportar una visión alternativa del mundo que nos rodea a través de unos prismas alejados de la convencionalidad. Una visión que puede ser absurda, despreocupada, crítica, pícara, ridícula, cruel, burlesca, irónica....Así mismo el humor no tiene, ni debe, tener límites. Eso le corresponde a las personas. Es responsabilidad de cada uno decidir hasta donde llevar esos límites al igual que nunca imponerlos a terceros. Cada uno debe reírse de lo que quiera, sin necesidad de justificarse o de juzgar de lo que se ríe el de al lado. 

Pero sobre todo, y volviendo a enlazar con Community, el humor y la risa están altamente relacionadas, ya que la una es consecuencia del otro. Pero la validez del humor no reside tanto en la gracia que produzca, que depende más de un tercer elemento en cuestión, el sentido del humor particular, si no de si desarrolla eficientemente sus características según sus intenciones. Es aquí cuando sí podemos, por ejemplo, hablar de si Community desarrolla y expone esos juegos referenciales siempre con el mismo tino o si por el contrario esa necesidad de sorprender continuamente genera altibajos de calidad más evidentes, si cabe, en comparación de unos con otros.

Yo no sé si Community es la comedia más graciosa de la actualidad. Es más, no es algo que me parezca relevante. Pero como serie desarrolla unos conceptos que van más allá de lo que cualquier otra comedia se atreve a desarrollar. Sus intenciones son claras y sus expectativas altas. Ese es su mérito, el que la diferencia del resto y la engrandece, y no tanto lo graciosa, o no, que pueda parecer. Y por todo ello lo que sí me atrevo a decir, y con la boca bien grande, es que Community es una de las grandes comedias de los últimos años.

[1] Ya lo explica Nahum mucho mejor de lo que lo pudiera explicar yo mismo en su Diamantes en Serie.
[+] El síndrome Casillas, en El Diario de Mr. MacGuffin.

13 de mayo de 2011

Conociendo Doctor Who: El Segundo Doctor (I)


Cuando la marcha de William Hartnell de Doctor Who se tornó inevitable (si han seguido esta serie de artículos ya sabrán el porqué, y si no muy mal por parte suya), el veterano actor propuso a Patrick Troughton para sustituirle e Innes Lloyd, productor por entonces de la serie, dio el visto bueno a Troughton, que por entonces ya tenía el honor de haber sido el primer actor en interpretar el papel de Robin Hood en una producción televisiva y que vio como, a los cuarenta y seis años, se le presentaba el papel de su vida.

Y eso que, dada las circunstancias, ni el actor ni la serie las tenían todas consigo. Y es que la continuidad de Doctor Who en la pantalla dependía en gran medida de la aceptación de la audiencia ante el cambio no solo de actor, si no de la personalidad del personaje principal. Además, por si no fuera poco, el argumento ideado por Lloyd y Gerry Davis para que todo encajara (ya saben, el hecho de que el Doctor pueda regenerarse para evitar la muerte es debido a su condición de alienígena), es lo que hoy por hoy llamaríamos una idea sacada de la manga. Afortunadamente la jugada no solo funcionaría si no que que sería la primera de muchas que definirían la serie en su conjunto. y que se resumen en una idea clara, hacer de la necesidad una virtud.

Pero continuemos con el tema de la regeneración. Durante el primer serial protagonizado por Patrick Troughton, The Power of the Daleks [1] (quienes si no), no se hace demasiado hincapié en la naturaleza del proceso, en sus características o en la procedencia, biológica o tecnológica, del mismo. Fuera como fuera los primeros compañeros en ser testigos de una regeneración, especificada en el guión como un viaje de LSD, fueron Polly y Ben, aunque el compañero por excelencia del Segundo Doctor sería Jamie McCrimmon (Frazer Hines) un escocés del siglo XVIII que acompañaría al Segundo Doctor desde su segunda aventura, The Highlanders, hasta el final de este en The War Games, convirtiéndose en el compañero de toda la serie que más tiempo ha permanecido en esta, apareciendo en un total de ciento dieciséis episodios [2].

¿Pero cómo era el Segundo Doctor? Al contrario que el Doctor de Hartnell, serio y arisco en ocasiones, Troughton optó por dotar al Doctor de una personalidad más infantil y un look mucho más desaliñado, ganándose el sobrenombre de vagabundo cósmico (Cosmic Hobo). Pero esa no constituyó la única diferencia en comparación con la etapa anterior de la serie, ya que la estructura de los episodios varió hacia un formato basado mucho más en la aparición del monstruo de la semana como origen de los conflictos de cada serial, dejando así a un lado la faceta más historiadora y educativa de episodios del Primer Doctor como An Unearthly Child, Marco Polo, The Aztecs, The Romans...

Pero esto no queda aquí, claro. ¿Quieren saber más sobre los Cybermen, los Ice Warriors, el Brigadier o conocer el significado de la expresión "hacer un Troughton"? Pues les espero entonces en la próxima edición de Conociendo Doctor Who.

[1] El cual, por cierto, se desarrolla en el planeta Vulcan (Vulcano) el cual todo fan de Star Trek reconocerá en seguida como el hogar del señor Spock. Y aunque el serial en cuestión data de noviembre de 1966 y el primer episodio de Star Trek de septiembre de ese mismo año, en realidad la primera aparición de un planeta llamado Vulcan en la ficción se dio dos años antes en la novela The Daleks Book, primer libro basado en el universo de Doctor Who escrito por el padre de las criaturas, Terry Nation y el guionista David Whitaker. ¿Copia, homenaje o casualidad?

[2] Episodios, que no seriales. De todas formas, haciendo una conversión a grosso modo, equivaldrían a más de cincuenta episodios modernos de cuarenta y cinco minutos de duración, lo que sigue siendo una barbaridad.

4 de mayo de 2011

The Crimson Petal and the White


La BBC está en otra dimensión porque hace lo que otras cadenas ni siquiera se plantearían: adaptar la historia que adapta, dedicarle los recursos que le dedica, mostrar las cosas que muestra y contarlo todo de la forma que lo cuenta. The Crimson Petal and the White, adaptación en forma de mini serie de la obra homónima de Michel Faber, seduce y perturba con unos recursos estilísticos magistrales y una historia que hipnotiza con un ritmo lento pero sobre-compensado con intensidad.

Ambientada en la Londres victoriana, la serie retrata con crudeza las oscuras miserias de una sociedad reprimida y fuertemente estratificada con el desparpajo y el atrevimiento que el propio Dickens jamás pudo imaginar. Un hombre de clase alta mantiene una aventura con una joven prostituta, que escribe en su "Libro del Odio" cómo asesina a sus clientes, mientras su mujer enferma hasta la locura encerrada en su casa. Las vidas de los tres personajes se entremezclan a través del sexo, la frustración, el miedo, la desesperación, la obsesión... Lo más destacable de esta serie es su capacidad para crear una atmósfera de pesadilla, de cargar el ambiente y poner la piel de gallina con una puesta en escena minuciosa y grandilocuente, música ambiente de terror y escenas impresionantes, difíciles de borrar de la memoria. Chris O'Dowd sorprende con un registro inédito interpretando con maestría al patético y frustrado industrial William Rackham. Increíble que este hombre sea Roy en The IT Crowd. Por otro lado, la bellísima Romola Garai transmite perfectamente el sufrimiento de la compleja prostituta Sugar. Pero la actuación más impactante es la de Amanda Hale, que se deja la piel para mostrar la demencia de Agnes Rackham.

The Crimson Petal and the White es una auténtica joya de la corona de la televisión moderna, una obra compleja y profunda, refinada y bruta a la vez, altamente estimulante y audiovisualmente espectacular. Durante sus cuatro episodios lleva a otro nivel lo que creíamos que se puede hacer en televisión, una de esas series que te hace olvidar de cuál es la pantalla grande y cuál la pequeña. Sin duda está dirigida al espectador más sibarita, serio y paciente, pero creo firmemente que la intensidad de las emociones que transmite y su irresistible apartado visual puede llegar a atrapar al gran público.

[+] Refinada y podrida por Alberto Rey.

2 de mayo de 2011

Doctor Moffat



Doctor Who es renovación, cambio constante. Lo es desde que se tuvo que tomar la decisión de prescindir de William Hartnell como actor principal y lo es también por su longevidad, que fue devorando a actores, productores y guionistas a partes iguales. Se puede decir que a partir de una serie de imprevistos se dieron una serie de elementos que, a día de hoy, todo el aficionado de la serie reconoce y acepta y que, además, definen y diferencian a Doctor Who del resto de series que actualmente hay en antena. La serie, tal como hace su protagonista, se ve obligada a regenerarse cada cierto tiempo y ofrecer una nueva cara al mismo tiempo que, en esencia, sigue siendo la misma que se estrenó una tarde de sábado hace ya cuarenta y ocho años.

Por ello la serie se comprende mejor si se aparta la mirada del todo y se pone hincapié en analizar y seguir distintas épocas, Doctores y autores. Muy al estilo, por ejemplo, de lo que puede pasar con el casi inabarcable mundo del cómic superheróico americano. Es por ello que Doctor Who puede ser entendida y disfrutada desde diferentes prismas y que, simplificando, cada autor acabe adentrándose en su escritura influenciado por el concepto particular que tiene del personaje y la historia. Y a partir de ahí, y ayudados por un canon bastante flexible, las posibilidades son casi infinitas. Pongamos un ejemplo reciente y reconocible para todo aquel que no conozca más que las temporadas modernas de la serie. Mientras que la etapa con Russell T. Davies al mando se caracterizaba por una suspensión de toda credibilidad en pos del entretenimiento y del más grande todavía, ahora, con Steven Moffat a las riendas, se ha pasado a otra en la que todo parece más reposado y cerebral y en la que se exploran los miedos más básicos. El primero siempre apelaba al sense of wonder que experimentaba al ver la serie cuando era un niño  mientras que el segundo siempre manifestó lo aterrador (desde un punto infantil) de la misma. Dos ópticas muy diferentes entre sí, pero igual de definitorias para entender el éxito y transcendencia de la serie.

Y ya desde la temporada pasada, Steven Moffat comenzó a sembrar las semillas para su Doctor Who. A una estupenda construcción de personajes y situaciones que ya tenía en su haber gracias a todos los episodios que se encargó de guionizar durante los cuatro años anteriores, se le sumó la intención de apostar por la serialización más acentuada de una trama plagada de pistas y detalles y pensada para desarrollarse a medio o largo plazo. No en vano, para poder empezar a descifrar que era ese silencio que tenía que caer y que fue anunciado en la primera aparición de Undécimo Doctor, hemos tenido que esperar una temporada entera solo para descubrir que es una parte de un todo mucho mayor, que ahora parece demasiado enrevesado y del que, conociendo el gusto de Moffat por jugar al despiste y ofrecer referencias y pistas de diversas, y falsas, interpretaciones, todavía nos queda mucho por ver.

Y a todo eso se le tienen que sumar las ganas del guionista escocés por indagar dentro del concepto del personaje y de juguetear con las reglas no escritas de la serie. Este último año, y con el pasar de los episodios, Doctor Who ha ido adquiriendo un tono más adulto y menos complaciente, alejándose del concepto de serie para toda la familia que acarrea y con Moffat dispuesto a diseccionar ese alien que es el Doctor hasta las últimas consecuencias. No puede ser de otra forma que El Silencio, el último de los monstruos salidos de su imaginación, contengan tantos paralelismos con la realidad misma del personaje interpretado por Matt Smith. Seres que existen en función de los pocos que les conocen, invisibles para el resto, pero responsables de cambiar la realidad tal como la conocemos a su antojo. Hay mucho del Doctor en El Silencio y todo parece indicar que, Amy, Rory y River Song mediante, esa sea una de la claves de la historia que Steven Moffat nos tienen que contar.